DAMIÁN
«La dueña del coche (y qué coche...) se acerca a mí con paso tranquilo. Lleva unas gafas de sol estilo aviador que le dan un aire rebelde con todo el pelo rubio, largo y suelto, dejando que se mueva al son de la brisa que nos golpea en medio de la autopista. Su color contrasta demasiado con su ropa negra. Toda negra. Camiseta de manga corta, lisa, sin florituras. Y un vaquero negro que me cuenta que lo que esconde es mucho mejor que lo que no me deja ver.
—No hay que ser adivino para ver que estás en problemas, rey.
La voz de esa mujer no es de este mundo. Es tataranieta de la primera sirena que existió. Ha salido del mar y ha venido a por mí. Fijo».