En la catequesis del Papa Juan Pablo II sobre el amor humano, impartida entre 1979 y 1984, también conocida como la 'Teología del Cuerpo', el Santo Padre afirmó que debemos procurar crear para el cuerpo 'un clima propicio para la pureza', ya que el cuerpo humano no es tratado con dignidad ni respeto.
Lamentablemente, hoy en día, el papel del cuerpo físico como vehículo para nuestra expiación y redención final rara vez se menciona y a menudo se subestima, incluso en muchas denominaciones cristianas.
Y es precisamente a través de la pureza del cuerpo humano, junto con sus pensamientos y emociones, que los auténticos seguidores de Jesús pueden construir una vida de santidad y hacerse dignos de recibir de nuestro Padre Celestial el inestimable don de la gracia santificante, para ser protegidos e iluminados por el Espíritu Santo.
Hay una razón poderosa y sabia por la que Jesús nos dijo que, si queremos seguirlo, debemos cargar con nuestras propias cruces.
Las cruces son un símbolo que se refiere a los sacrificios que se exigen a nuestros cuerpos para rechazar el pecado y alcanzar la pureza.
Jesús no nos pide que seamos clavados en una cruz de madera, sino simplemente que desprendamos nuestros cuerpos del pecado mediante la purificación de nuestra existencia material, mente y corazón, para encarnarnos gradualmente en su cuerpo místico.
Debemos recordar que, para Jesús, nuestro salvador, el sacrificio de Su cuerpo lo llevó a ser resucitado por el Espíritu Santo, y para nosotros, el sacrificio de nuestros cuerpos al seguirlo y cargar con nuestras propias cruces nos llevará a ser restaurados a Su vida plena en este mundo por el Espíritu Santo.
Esto restaurará nuestra naturaleza humana en una naturaleza divina, como Jesús y su Padre lo desearon mediante su encarnación en este mundo.