Las ruinas del castillo se alzaban como un monumento a la desolación.
Piedras derrumbadas, paredes agrietadas y torres a punto de caer
dibujaban un paisaje de abandono y misterio. Entre los escombros, los
seis amigos avanzaban con cautela, iluminando su camino con la luz que
brotaba de los cristales que llevaban consigo.
—Eidan debe estar aquí abajo —susurró Kira, mirando hacia la entrada
del sótano—. Tened cuidado, esto no va a ser fácil.
—No hay rastro de él —dijo Lyra, ajustando su brazalete ancestral
mientras su mirada recorría las sombras—. Pero lo encontraremos.
Tenemos que hacerlo.
Las escaleras crujían bajo sus pies y el aire olía a humedad, a polvo y a
algo más… algo que no podían identificar pero que les helaba la sangre.
Cada paso resonaba en la oscura mazmorra, amplificando la tensión que
los envolvía. Sara avanzaba con su báculo preparado, mientras Olter y
Hako inspeccionaban cada esquina, atentos a cualquier movimiento.
Zurok permanecía en altura, observando desde los arcos caídos, listo para
avisar ante cualquier peligro.
—Escuchad —dijo Kira—. Hay algo más aquí abajo. Lo siento… algo nos
está observando.
Un temblor recorrió el suelo. Una sombra se movió entre las columnas
rotas y los amigos se tensaron, levantando sus armas. El silencio se
rompió con un susurro inquietante, un sonido que parecía salir de la
misma piedra:
"Pronto, Eidan… y nadie podrá detenerme".
El corazón de los amigos se aceleró. Sabían que estaban cerca, pero
también que el peligro era inminente. Cada segundo contaba y la línea
entre la luz y la oscuridad era casi imperceptible. Avanzaron con pasos
firmes, preparados para lo que fueran a encontrar.
Y entonces, en la penumbra del sótano, un movimiento entre la
oscuridad les hizo contener la respiración. Algo estaba ahí, algo que no
podían identificar aún, y que prometía que la batalla apenas comenzaba.
El susurro antes del caos había empezado, y nada volvería a ser igual.