Ana López tiene cincuenta años y una vida perfectamente equilibrada.
Cada día sigue el mismo algoritmo: números exactos, emociones controladas, silencio seguro.
A las 18:40, siempre se sienta en el mismo banco de la Plaza de los Jacarandás.
Ese minuto es su refugio, su única pausa en una ciudad hecha de cemento.
Hasta que un día aparece una flor sin tallo.
Rafael Espinosa, el jardinero de la plaza, no habla mucho.
Pero deja objetos, gestos, silencios…
y con ellos empieza a romper el muro que Ana ha construido durante décadas.
Cuando la ciudad decide destruir la plaza,
Ana tendrá que elegir entre volver al gris de siempre
o arriesgarlo todo por una vida que nunca se atrevió a vivir.
Una novela íntima, poética y profundamente humana
sobre el miedo a cambiar,
el valor de sentir,
y la posibilidad de empezar de nuevo incluso cuando parece demasiado tarde.