Me llamaron a medianoche porque habían clavado un cuchillo de malabarista en el pecho del director del Circo Estelar.
Cuando llegué, lo primero que vi fueron sus tetas. Erya, la payasa principal: un mono de lunares rojos y blancos a punto de reventar, labios pintados de rojo y una mirada que juraba inocencia mientras su escote decía todo lo contrario.