Este ensayo parte de una hipótesis provocadora, deliberadamente incómoda para dos sensibilidades simétricamente opuestas: la religiosa y la laica. La tesis es la siguiente: en la modernidad emergen formas de "santidad laica" caracterizadas por el desapego de lo mundano —el dinero, la fama, el poder, el confort, el reconocimiento social—, pero orientadas no hacia Dios ni hacia ninguna trascendencia religiosa, sino hacia absolutos seculares: la verdad matemática, la belleza artística, la coherencia ética. Son figuras que reproducen la estructura del ideal ascético clásico —renuncia, disciplina, orientación hacia un absoluto que excede al yo— pero sin el referente teológico que en las tradiciones religiosas daba sentido y nombre a ese gesto.
El término "santidad laica" es deliberadamente paradójico. La santidad, en su sentido canónico, supone una relación con lo sagrado, con lo que está más allá del mundo ordinario y del yo empírico. El adjetivo "laica" parece vaciarlo de contenido. Pero precisamente esa tensión interna es lo que interesa: si hay figuras modernas que exhiben todos los rasgos formales del santo —la renuncia, el desapego, la subordinación total del yo a algo percibido como absoluto, la indiferencia ante los incentivos mundanos que rigen la vida de los demás—, entonces o bien el concepto de santidad es más ancho de lo que la tradición religiosa admite, o bien estamos ante una mutación histórica de un impulso humano profundo que no desaparece con la secularización sino que se desplaza, se reinventa, encuentra nuevos objetos de devoción.