Dos voces habitan sus páginas.
Una, nacida en medio del incendio: intensa, absoluta, convencida de que el amor puede volverse eterno.
Otra, escrita casi veinte años después, cuando ese mismo fuego encontró una forma de durar sin devastar.
Este no es un libro de correcciones.
Es un libro de encuentros.
Cada poema de la primera parte —Mientras duró la eternidad— encuentra su respuesta en la segunda —Aprender a durar—, en un intercambio íntimo donde la emoción no se niega, pero se transforma.
Aquí el amor deja de ser exceso para convertirse en presencia.
La herida, en aprendizaje.
Y el tiempo, en algo habitable.
Sin nostalgia complaciente ni cinismo, El único fantasma propone una reconciliación:
la de quien fue con quien es.
Un libro sobre el amor, la memoria y la manera en que, con los años, aprendemos no a olvidar… sino a permanecer.