Akio Minase acepta el trabajo más solitario del mundo: cuidar un faro en una isla remota donde nadie lo molestará con preguntas sobre su pasado. Está bien. La soledad es lo que merece.
Hasta que una tarde, al caer el sol, ella aparece.
Una sirena de cabello dorado que no canta, no seduce, no amenaza. Simplemente lo observa desde las rocas, inclinando la cabeza con curiosidad infinita, sin entender por qué él se sonroja cuando ella se acerca demasiado.
Lo que comienza como encuentros torpes al atardecer se convierte en algo más profundo: conversaciones imposibles, silencios cargados, y la lenta comprensión de que ambos están huyendo de algo. Él de la culpa que lo persigue. Ella de una soledad que no sabía que tenía nombre.
Pero el mar no perdona, y las sirenas no están hechas para quedarse en la superficie.
Cuando Akio descubre que cada día junto a él la está matando lentamente, deberán enfrentar una pregunta imposible: ¿puede el amor sobrevivir cuando no pueden existir en el mismo mundo?