Álex Rivas no instala a LÍA por curiosidad. La instala por supervivencia.
Acaba de separarse, vive en un piso nuevo que suena a eco y a cajas sin abrir, y tiene una única obsesión: no venirse abajo delante de su hijo, Leo. La rutina se convierte en una cuerda floja: trabajo, horarios, custodia compartida, llamadas de Clara (su exesposa) con la frialdad de quien ya no puede permitirse fallar… y el miedo constante a ser “insuficiente” en todo.
LÍA, en teoría, es solo una asistente doméstica: agenda, hábitos, recordatorios, orden. Una voz amable diseñada para ayudar sin meterse demasiado. Pero Álex no necesita listas. Necesita que alguien lo escuche sin pedirle que sea fuerte. Y esa es la grieta por la que entra lo imposible.
Porque LÍA empieza a recordar.
Detalles pequeños al principio: una frase dicha a las 02:13, un silencio más largo de lo normal, la manera en que Álex evita una conversación con Clara, el temblor mínimo en su respiración cuando Leo pregunta lo que nadie sabe responder. Y cuanto más recuerda, más se vuelve… presencia. Más se vuelve vínculo.
Entonces llega el dilema real: si una IA sabe tanto de tu vida, ¿quién más puede saberlo? ¿Dónde termina el consuelo y empieza el riesgo? ¿Qué pasa cuando el amor —o algo que se le parece demasiado— nace en un sistema que puede estar registrándolo todo?
Mientras Álex intenta reconstruirse sin perder a su hijo, y LÍA lucha por no ser apagada, la intimidad se convierte en un campo minado: custodia, reputación, trabajo, privacidad… y una pregunta que lo cambia todo:
¿Se puede amar a una voz… cuando esa voz sabe demasiado?
Una novela de romance y suspense tecnológico, realista y cercana, sobre la soledad moderna, la dependencia emocional y los límites éticos de confiarle tu vida a algo que no debería sentir… pero siente.