Durante milenios, la reproducción humana se ha presentado ante nosotros envuelta en un velo de evidencia natural. Tener hijos aparece como la prolongación orgánica de la vida misma, como un impulso biológico tan inevitable como la respiración o el hambre. Las religiones la sacralizaron, las filosofías la asumieron como punto de partida, las economías la incorporaron como premisa operativa. Nadie pregunta por qué respirar; del mismo modo, nadie ha preguntado seriamente por qué reproducirse. La natalidad habita ese extraño territorio de lo dado, de aquello que antecede a toda justificación porque es, supuestamente, la condición de posibilidad de todo lo demás. Cuestionar la reproducción equivale, en esta lógica, a cuestionar la vida misma, y por tanto resulta impensable, obsceno, nihilista.
Pero esta naturalización oculta una verdad incómoda: la reproducción humana nunca ha sido meramente natural. Ha sido siempre, y de manera fundamental, una necesidad económica. Las sociedades agrarias requerían brazos para cultivar la tierra. El capitalismo industrial necesitaba una reserva constante de fuerza de trabajo. Los Estados-nación modernos demandaban soldados y ciudadanos. El sistema de pensiones exigía nuevas generaciones que sostuvieran a las anteriores. Cada nacimiento era, en este sentido, funcional al orden establecido. No es que los seres humanos hayan traído hijos al mundo por cálculo económico consciente, sino que las estructuras materiales y simbólicas de cada época hicieron de la reproducción una necesidad sistémica que luego se revistió de naturalidad, de mandato divino, de instinto irreprimible.