En un bosque tranquilo donde todo tenía su ritmo natural, aparece un conejo gigantesco, tan alto como una jirafa, que cambia todo sin necesidad de imponer fuerza.
No grita.
No castiga.
No obliga.
Pero su presencia basta.
Poco a poco, los animales dejan de correr, de cantar, de decidir. El miedo no llega como un golpe, sino como una costumbre.
Hasta que algo pequeño sucede.
Un sonido.
Un gesto.
Una desviación.
Y con ello, una pregunta peligrosa comienza a crecer:
¿Y si el poder no está en quien manda, sino en quienes sostienen?
Un cuento que combina la sencillez de una fábula con una reflexión profunda sobre el miedo, el lenguaje, la libertad y la memoria.