Durante décadas, la desigualdad social ha sido pensada fundamentalmente en términos de distribución económica: quién posee los medios de producción, quién acumula riqueza, quién accede a bienes materiales y quién queda excluido de ellos. Esta perspectiva, heredera en gran medida de la tradición marxista, permitió comprender la estructura básica de la sociedad capitalista y sus conflictos fundamentales. Sin embargo, explicar la desigualdad únicamente como una cuestión de ingresos o propiedad resulta insuficiente para dar cuenta de su persistencia y profundidad.
La desigualdad no se manifiesta solo en lo que las personas tienen, sino también en lo que son capaces de ser. Se expresa en los modos de hablar, en los gustos culturales, en la seguridad corporal, en la forma de habitar los espacios, en las aspiraciones consideradas legítimas y en las trayectorias vitales imaginables. Dos individuos con ingresos similares pueden ocupar posiciones simbólicas radicalmente distintas; del mismo modo, una mejora económica no garantiza necesariamente una transformación en el reconocimiento social. Esto sugiere que la desigualdad opera también en un plano más sutil: el de la configuración de subjetividades.