En el umbral del siglo XXI, la humanidad abrazó una promesa casi mesiánica: la democratización del saber a través de la tecnología digital erradicaría, de una vez por todas, las sombras de la ignorancia. La lógica era lineal y, en apariencia, irrebatible: si la ignorancia es el producto de la escasez de información o de las barreras geográficas y sociales para acceder a ella, la eliminación de dichas barreras mediante una red global de datos —Internet— debería conducirnos hacia una era de iluminación sin precedentes. Sin embargo, la realidad contemporánea nos devuelve un reflejo inquietante y profundamente contradictorio. Vivimos en lo que se ha denominado la "sociedad de la transparencia" o la "era del acceso ilimitado", pero, lejos de asistir a una expansión proporcional del entendimiento crítico, observamos una intensificación de la ceguera voluntaria, el negacionismo y la fragmentación del saber.
Esta es la paradoja inicial que define nuestro tiempo: nunca antes el sujeto humano había tenido a su disposición tal volumen de evidencia científica, datos históricos y herramientas de análisis en tiempo real, y, sin embargo, nunca antes la ignorancia había sido tan ruidosa, tan militante y tan políticamente eficaz. Nos encontramos ante una situación donde el exceso de luz no produce una mejor visión, sino un deslumbramiento que anula la capacidad de discernimiento. La información fluye a una velocidad que supera nuestra capacidad biológica y psíquica de procesamiento, convirtiendo el saber en un ruido de fondo del cual el sujeto busca protegerse.