(Prólogo del Dr. Antonio Caponnetto) "Roncaglia en esto alcanza niveles de maestría que llaman la atención. Dueño de una versación que excede el conocimiento de lo fáctico, se mueve cómodo con criterios sensatos en cuestiones que no sólo son históricas sino religiosas, políticas, eclesiológicas y aún psicológicas El retrato de la personalidad inmadura y precipitada de Berdugo, por ejemplo, prueba esto último. De mucho le ha servido andar rumiando a los clásicos de nuestros más serios estudios del pasado, como Julio Irazusta, Carlos Ibarguren o Jorge Bohdziewicz.
Nos atreveríamos, para ganancia del lector, a enunciar –aunque a riesgo y cuenta propia- algunas conclusiones a las que se puede llegar al terminar este libro: 1) Rosas no fue un expatriador de los jesuitas sino quien los regresó con magnificencia a estos lares. 2)Rosas apoyó otras órdenes religiosas, en particular la de los hijos de Santo Domingo, subsanando con creces los ultrajes a los que habían sido sometidos en tiempos rivadavianos. 3)Rosas no fue anticlerical, ni antirromano, ni cismático ni persecutor de la Iglesia. Fueron exactamente sus enemigos los que merecen esos innobles calificativos. 4)El regalismo de Rosas no puede catalogarse como el de aquellos que el Magisterio ha reprobado. Tómeselo, si se quiere, como una expresión de cesaropapismo en tiempos de excepcionales emergencias político-nacionales. Pero no alcanza ninguno de los desbordes de los regalistas anti eclesiásticos. 5)Rosas no tuvo problemas con la Compañía de Jesús, sino con el padre Berdugo. La naturaleza de estos problemas no corresponde al ámbito de la teología sino al de la política. 6)A decir verdad, las culpas del desencuentro no pueden repartirse por igual, porque Rosas era un estadista en la plenitud de sus funciones, atravesando un tiempo excepcionalmente riesgoso para la soberanía nacional, y Berdugo era un treintañero bisoño, inexperto, algo ingrato y bastante sospechoso de connivencias con los enemigos de la causa nacional.7)Téngase siempre en cuenta que el mismísimo padre Berdugo, en carta del 11 de marzo de 1841, dirigida a su cofrade, el padre Morey, reconoce con tardía y angustiante introspección, las muchas y graves culpas que lo asisten; así como en carta al padre Luis Beltrán Rodríguez del 3º de noviembre de 1836, pinta una semblanza elogiosísima del Restaurador, que verdaderamente edifica y alecciona. Saber que alguna vez nuestra irreconocible Argentina fue gobernada por un varón dado al trabajo arduo, a la ninguna exposición demagógica ante el pueblo, a la vida abnegada, y al sentido servicial y sacrificial del mando, es una constatación que nos enorgullece y llena de esperanza. Deténganse en estas misivas quienes se adentren en las venideras páginas. Fabio Roncaglia, por su propio talante y sus hábitos personales, nos acerca un poco a la figura de Don Juan Manuel que trazara Berdugo. Los frutos de su silencio son palabras veraces. Los de sus súplicas, beneficios para aquellos por quienes pide y muestras de piedad para el Dios Uno y Trino al que impetra. Los de su trabajo son libros como el presente, que se suman a otros, elaborados con planificada e incesante fecundidad. Cesa aquí nuestra tarea de prologuista. Para que sin más cancelaciones ni rodeos se saque provecho de lo que aguarda tras el introito. Renovamos la gratitud, la admiración y el elogio. Y para lo que pudiera servirle en conjeturables lides, me tiene de su lado"