La vulgaridad como síntoma, no como deterioro
La hipótesis central que articula este análisis es que la vulgaridad contemporánea no representa un deterioro moral accidental, una caída desde algún estado anterior de civilización refinada. No estamos ante un declive de los buenos modales que podríamos revertir con más educación cívica o campañas de cortesía. Más bien, la vulgaridad funciona como una expresión necesaria, casi lógica, del orden neoliberal maduro. Es decir, existe una relación estructural entre un modelo económico-cultural que mercantiliza todas las dimensiones de la existencia y la emergencia de formas de subjetividad que premian la transgresión, la falta de escrúpulos y la capacidad de instrumentalizar incluso la propia imagen de autenticidad.
Para entender esto necesitamos pensar el neoliberalismo más allá de las políticas económicas de desregulación o privatización. El neoliberalismo, en su fase actual, es sobre todo un régimen de producción de subjetividad: genera tipos específicos de personas, con deseos específicos, miedos específicos y estrategias de supervivencia específicas. En un mundo donde cada individuo debe comportarse como una empresa de sí mismo, donde el fracaso es siempre culpa personal y donde el éxito exige una auto-promoción incesante, la cortesía, la modestia y el respeto por límites simbólicos pueden convertirse en obstáculos. La persona que duda, que matiza, que reconoce sus límites, queda en desventaja frente a quien proyecta certeza absoluta, grandiosidad sin fisuras y desprecio por las reglas que todos los demás acatan.
Trump: síntoma, no anomalía
Aquí es donde entra Donald Trump, no como villano excepcional ni como accidente histórico, sino como figura-síntoma. Trump no inventó la vulgaridad política, pero la llevó a su expresión más pura y desnuda. Su trayectoria—desde magnate inmobiliario de reputación dudosa hasta presentador de reality shows y finalmente presidente de Estados Unidos—representa la trayectoria misma del neoliberalismo cultural: la conversión de la vida pública en espectáculo, del liderazgo en performance, de la política en branding personal.
Lo importante de Trump no es que sea vulgar, sino que su vulgaridad haya sido electoralmente exitosa. Millones de votantes no votaron a pesar de sus insultos, sus mentiras descaradas o su crueldad con los débiles, sino precisamente por esas características. Para muchos, esos rasgos señalaban autenticidad, valentía para "decir lo que todos piensan" o rechazo de las élites hipócritas. Esto revela algo fundamental: la vulgaridad de Trump no es una aberración del sistema, sino su culminación lógica. Es el neoliberalismo sin máscara, sin los eufemismos del lenguaje corporativo, sin la hipocresía de la "responsabilidad social empresarial". Es el capitalismo de casino, el reality show y la red social convertido en forma de gobierno.